Hay personas que parecen haber nacido para incomodar a la historia oficial. Juan Moricz fue una de ellas. Húngaro de nacimiento, argentino por adopción, espeleólogo por vocación y explorador por destino, este hombre de carácter flemático y convicciones firmes pasó décadas siguiendo una pista que la mayoría hubiera abandonado mucho antes. Lo que encontró, o afirmó haber encontrado, en las profundidades de la Amazonía ecuatoriana sigue generando debate más de medio siglo después.
De Budapest a Buenos Aires
Nacido como János Moricz Oposics, llegó a la Argentina después de la Segunda Guerra Mundial como tantos europeos que buscaban un nuevo comienzo en el sur del mundo. Pero Moricz no era un emigrante común. Desde los años cincuenta comenzó una investigación que lo obsesionaría el resto de su vida: los paralelismos culturales y lingüísticos entre los pueblos magiares de Europa del Este y las culturas indígenas de América del Sur.
En 1967 publicó su trabajo El origen americano de los pueblos europeos, una obra que desafió los marcos académicos establecidos. Para Moricz, las similitudes entre el húngaro antiguo y ciertos dialectos de la Amazonía no eran casuales. Eran una pista. Y esa pista lo llevó a Ecuador.
La confianza de los Shuar
Lo que distinguió a Moricz de otros exploradores fue su capacidad de ganarse la confianza de la comunidad Shuar, los guardianes ancestrales de la zona de Coangos. Lo logró gracias a algo insólito: su dominio del magiar, el húngaro antiguo, que presentaba similitudes sorprendentes con el dialecto Shuar. Esa conexión lingüística le abrió puertas que permanecían cerradas para todos los demás.
Entre 1964 y 1969 realizó sus primeras exploraciones del sistema subterráneo. Lo que describió al salir desafió la comprensión convencional: una biblioteca de láminas metálicas grabadas con inscripciones similares a las de la cultura sumeria, estatuas de estilo medio oriental, objetos de oro, plata y bronce. En 1969, formalizó su hallazgo ante el gobierno ecuatoriano en una declaración jurada firmada ante el presidente José María Velasco Ibarra, quien le otorgó un documento oficial reconociendo su descubrimiento.
El momento en que todo se complica
Fue entonces cuando Erich von Däniken entró en escena. El escritor suizo, que ya había publicado ¿Recuerdas el futuro?, accedió al documento notarial de Moricz y a su material fotográfico. Con esa información publicó en 1972 El oro de los dioses, atribuyéndose un acceso a la cueva que los investigadores posteriores pusieron seriamente en duda. El libro vendió millones de ejemplares y convirtió la Cueva de los Tayos en un fenómeno mundial, pero también contaminó la historia con especulaciones que Moricz nunca validó.
La relación entre ambos fue tensa desde el principio. Moricz era un investigador riguroso, incómodo con las extrapolaciones fantásticas que von Däniken construyó sobre su trabajo. Esa distancia entre la investigación seria y el espectáculo mediático es una de las tensiones que el CIO reconoce perfectamente desde su propia experiencia.
1976: la gran expedición y la gran ausencia
La repercusión fue tan grande que los gobiernos de Ecuador y Reino Unido organizaron una expedición científica de gran escala para 1976. Más de cien personas, entre ellas el astronauta Neil Armstrong como presidente honorario, descendieron a los Tayos. Pero Moricz no estuvo. Se retiró en el último momento porque los gobiernos no garantizaron que los hallazgos permanecerían intactos en Ecuador. Había dado su palabra de honor a los guardianes Shuar, y esa palabra valía más que cualquier reconocimiento internacional.
Esa decisión dice mucho sobre quién era Juan Moricz.
Lo que quedó y lo que sigue abierto
La expedición de 1976 no encontró la biblioteca metálica tal como Moricz la describió. Encontró una cueva de dimensiones extraordinarias, evidencias arqueológicas de presencia humana antigua y túneles que aún hoy no han sido completamente explorados. El único miembro vivo de la primera misión oficial junto a Moricz, el abogado ecuatoriano Gerardo Peña Matheus, publicó en 2011 El origen de la Cueva de los Tayos, reivindicando la autoría del descubrimiento para el explorador húngaro-argentino y documentando con rigor lo que realmente ocurrió.
Moricz murió en 1991 sin haber revelado la ubicación exacta de lo que afirmó haber encontrado. Se llevó ese secreto con él, o quizás lo dejó donde siempre estuvo: en las profundidades de una cueva amazónica que sigue guardando más preguntas que respuestas.
En agosto de 2026, el CIO organiza la expedición TAYOS 50 para volver a ese lugar medio siglo después. No para encontrar respuestas definitivas, sino para seguir haciendo la pregunta correcta.
👉 Conocé la expedición TAYOS 50
Fuentes: Gerardo Peña Matheus, El origen de la Cueva de los Tayos, Quito, 2011. Wikipedia — Juan Móricz. El Telégrafo, Ecuador. Revista Mundo Diners.


