Por Arq. Luz Mary López Espitia — Directora del Centro de Informes OVNI
Antes, la verdad se recibía. Desde la modernidad, la verdad se busca.
Y hoy, ¿qué hacemos con la verdad?
Esa es la pregunta que quiero dejar sobre la mesa este mes, en un momento del planeta que no admite distracciones. Porque se están jugando cosas grandes —el aire, el agua, el futuro de quienes vienen después— y no podemos permitirnos habitar este tiempo como espectadores de un relato que otros escriben.
Un mundo que dejó de creerse a sí mismo
Durante siglos la verdad venía dada: la revelaba una autoridad y uno la recibía. La modernidad rompió eso y propuso algo enorme —la verdad no se recibe, se busca, con método, con razón, con evidencia.
Pero en algún momento del siglo pasado esa confianza se agrietó. Los filósofos llamaron postmodernidad a la condición que siguió: una cultura que dejó de creer en sus propios fundamentos. Ya no hay grandes relatos que expliquen el mundo; hay versiones. Y algo más grave todavía: la imagen dejó de representar lo real y pasó a ocupar su lugar.
No hace falta ser filósofo para reconocerlo. Alcanza con abrir el teléfono.
Y en medio de eso, el fenómeno OVNI
Pensar el tema OVNI como un tema cultural —inmerso en una cultura, hijo de una época— es aceptar que ingresó de lleno en el modo postmoderno. Y una vez adentro, quedó atrapado: el relato se asentó de tal manera que hasta hoy no logramos navegar más allá de quien lo generó, y que lo mueve a su antojo.
Por eso, desde el Centro de Informes OVNI, sostenemos que la tarea más importante no es perseguir luces. Es otra, mucho menos vistosa: encontrar dónde nace el relato. Dónde nace el mito. Para poder desmitificarlo.
No es una idea nueva para nosotros. Hace más de veinte años, en nuestro Encuentro Internacional en Colombia, dedicamos nuestra exposición a la desmitificación del fenómeno OVNI. Ya entendíamos entonces que al mito hay que ir a buscarlo a su origen.
Vayamos al origen, entonces
Hagamos el ejercicio con la palabra misma.
24 de junio de 1947. El piloto Kenneth Arnold ve objetos cerca del monte Rainier, en Estados Unidos. Al describirlos, dice que se movían «como un platillo si uno lo hace rebotar sobre el agua». Está hablando del movimiento, no de la forma. De la forma dijo otra cosa: que eran finos y planos vistos de perfil, y con forma de medialuna desde arriba.
Un periodista de United Press, Bill Bequette, entendió que eran discos redondos. Y escribió «platillo volador».
Esa palabra —nacida de un malentendido, en una redacción, con el apuro de un cierre— fabricó la imagen que el mundo entero vio durante casi ochenta años. Arnold negó toda su vida haber visto un platillo. Ya no importaba: el relato había salido a caminar solo.
- El comandante retirado Donald Keyhoe publica «The Flying Saucers Are Real», precedido por un artículo suyo en la revista True de diciembre del año anterior. Es el primer intento influyente de sostener que esos objetos son naves de otro mundo.
Fíjense en el orden, porque importa: primero apareció la palabra, y recién tres años después alguien le adosó el extraterrestre. No vinieron juntos. Se los unió.
Marzo de 1952. El capitán Edward Ruppelt, al frente del Proyecto Libro Azul de la Fuerza Aérea norteamericana, decide que «platillo volador» es un término impreciso y cargado. Acuña entonces la sigla UFO — Unidentified Flying Object —, que en nuestra lengua será OVNI.
Detengámonos en la secuencia completa, porque es reveladora:
1947: un periodista inventa la palabra por error.
1950: un divulgador le agrega el extraterrestre.
1952: un militar le pone la sigla oficial.
En ninguno de los tres pasos hay un testigo. En ninguno hay un investigador. Así se construyó el lenguaje con el que todavía hoy discutimos el fenómeno.
Cada época nombra lo desconocido con su propio vocabulario
Y hay algo más, que se ve solo cuando uno se aleja lo suficiente.
A fines del siglo XIX, cuando lo último en tecnología eran los dirigibles, miles de personas en Estados Unidos reportaron naves aéreas —la oleada comenzó en California en noviembre de 1896 y se extendió por medio país hasta mediados de 1897—. Durante la Segunda Guerra, los pilotos aliados vieron foo fighters, con reportes documentados desde noviembre de 1944. En la Escandinavia de 1946 hubo unos dos mil avistamientos de cohetes fantasma. Desde 1947, platillos. Desde 1952, OVNIs. Y hoy, en documentos oficiales y audiencias parlamentarias, la sigla que se impone es UAP — fenómenos anómalos no identificados.
Siempre lo mismo: cada época bautiza lo que no entiende con las palabras de su propia tecnología. Y cada bautismo trae adosado, sin que lo notemos, un relato completo sobre lo que estamos viendo.
Antes de la etiqueta, la gente común no salía a mirar el cielo esperando ver un OVNI, y mucho menos un extraterrestre. Veía algo, y no sabía qué era. Esa honestidad —«veo algo y no sé qué es»— es exactamente lo que la etiqueta nos quitó.
La anomalía que vale la pena estudiar
De ahí el título de esta editorial.
Frente al extraterrestre imaginario —esa figura que ya tiene rostro, tamaño, intenciones y hasta agenda política, sin que nadie la haya documentado nunca— está la anomalía humana: nuestra extraordinaria capacidad de fabricar un relato, creerlo, defenderlo y transmitirlo durante generaciones, mientras dejamos de mirar el hecho que le dio origen.
Esa anomalía sí está documentada. Esa sí podemos estudiarla. Y es, con enorme diferencia, la más urgente de las dos.
Lo que nos toca
Este es el punto donde la reflexión deja de ser abstracta.
Si aceptamos que habitamos un tiempo en que la imagen reemplaza al hecho, entonces mirar con criterio deja de ser un lujo intelectual y se vuelve una responsabilidad. No solo con el tema OVNI: con todo lo que hoy se decide sobre nuestras cabezas y sobre las de quienes vienen después.
No somos espectadores. Somos participantes activos, y cada vez que aceptamos un relato sin ir a la fuente, votamos por él.
En el CIO llevamos veintiocho años sosteniendo lo mismo, y lo vamos a seguir sosteniendo: documentar sin especular. No porque tengamos las respuestas, sino porque creemos que la pregunta merece más respeto del que suele recibir.
Antes, la verdad se recibía. Desde la modernidad, la verdad se busca.
Que no sea nuestra generación la que se acostumbre a que la verdad, simplemente, se cuente.
Arq. Luz Mary López Espitia
Directora — Centro de Informes OVNI
Capilla del Monte, Córdoba, Argentina — Julio de 2026


